¡¡BASTA YA, MAURICIO!!

Un joven entusiasta opina de la vida sin haber terminado la universidad

jueves, abril 05, 2007
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The Art Of Fiction

Los maricas toman levofloxacino

sábado, mayo 06, 2006
Para Hermanocerdo, la revista de los campeones, me puse a escribir algo llamado "Los últimos días de la poesía". Además de eso he tenido que aguantar una semana de antibióticos, Levofloxacino principalmente, un antibiótico de amplio espectro dice mi doctor, a fin de erradicar la salmonella, el tifo y la brusella, mis enemigos. El puente aéreo funciona, al parecer, y cada tarde mando un fuerte cargamento de lactobacilos además de lanzar por paracídas a los equipos especiales de pramigel.
Dejo aquí los primeros párrafos de mi crónica, que no son tan buenos, pero que intentaré mejorar esta tarde de sábado, con un vaso de leche, galletas macma en abundancia y un disco bien extraño llamado Spillane, de John Zorn.
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LOS ÚLTIMOS DÍAS DE LA POESÍA

Un día, de repente, me asaltó la necesidad espiritual de convertirme en poeta. No sabía nada al respecto; no era un gran lector ni había estrechado nunca la mano de un poeta verdadero; quiero decir un poeta de carne y hueso que cada tarde escribiría poemas inmortales, tal y como yo pensaba hacer. Sentía que un mundo insospechado se abría paso a través de las palabras y que sólo me restaba esperar a que los lectores y el mundo evolucionaran y se dieran de frente con mis libros.
¿Cómo iban a ser esos libros, de qué iban a tratar, o cuándo los iba a escribir? eran preguntas que nunca me hice. Y sin embargo, los títulos de mis poemas me encantaban: “El Marciano y la Sombra”, “Los Héroes No Volverán Más”, etcétera, y me proporcionaban una suerte de confianza ciega para bogar por el mar algo embravecido de la poesía, un mare oscuro del que pocos pueden salir librados.
Quiero decir que no me importaba leer nada ni saber nada excepto sobre ellos mismos, mis poemas. Por supuesto estaba al tanto de que una docena de grandes maestros me predecía. En mis ensoñaciones los veía como una docena de globos flotando a través del éter, en alturas que yo mismo deseaba alcanzar y en las que una vez arriba deseaba explotar y dejar que mi halo los envolviera a todos, absolutamente a todos. Pretender que la gente comprenda un impulso de esta naturaleza es ser muy ingenuo. Incluso mi madre, cuya mayor preocupación consistía en averiguar lo que podría estar haciendo en mi habitación, bien atrincherado y rodeado de papeles, tenía que soportar la ambigüedad de mi conducta. Y no podía mostrarle nada de lo que hacía por el simple hecho de que no lo entendería. Al decirle que quería escribir ella entrecerraba los ojos y una sombra de escepticismo le cubría la cara:

-Tienes que estudiar.
-¿Estudiar qué?
-Eso es lo que quiero saber.
-No hay estudios para lo que quiero hacer.
-No hay estudios. Já! ¿Quién te crees? ¿Un genio?

Libros

sábado, abril 29, 2006


Siempre me han gustado los libros. Me gusta tocarlos, analizarlos, leer una y otra vez las páginas legales, acariciar los lomos, verlos en el librero, restaurarlos, comprarlos, atesorarlos. En pocas palabras me considero un hombre de libros aunque de muy pocas lecturas. La pretensión de que podría leer todos esos libros -con todos me refiero sólo a la pequeñez de mis libreros- ha terminado. También la intención de seguir acumulando por acumular, que era lo que solía hacer, comprando libros sobre esto y aquello, hasta que dejé de tener dinero. Tuve que leer una columna de Nick Hornby ("Some Stuff I've Been Reading")" en la revista The Believer, para leer lo que dijo Gabriel Zaid en Los demasiados libros:

"Zaid's finest moment, however, comes in his second paragraph, when he says that "the truly cultured are capable of owning thousands of unread books without losing their composure or their desire for more."

That's me! And you, probably! That's us! "Thousands of unread books"! "Truly cultured"!"

El deseo por comprar libros, sin embargo, sigue su curso y todos los días paso media hora navegando por amazon.com soñando con los libros que me gustaría poseer y, si se da el caso, leer. Tengo listas en mi computadora de todos los libros que quiero comprar. La diferencia es que esos libros los deseo con toda el alma y no son producto de una coyuntura. Excepto por Everyman, de Philip Roth, no me interesan mucho las novedades y en ese sentido me considero fuera de onda. Por eso es que siempre hablo de lo mismo. Y los últimos meses -y con excepción de Guerra y Paz que decidí leer- he leído las misma cosas una y otra vez. Tengo montones de libros de literatura latinoamericana y he decidido -pese al precio que deba pagar- que no los voy a leer. No me interesan, o me interesan muy pocos. He decidido quedarme con tres libreros de libros que he leído y que me gustan mucho. El resto los he ido regalando en el transcurso de las dos últimas semanas en cajas bien selladas, a tope, a personas que sé no son muy afectas a la lectura. Su reacción es la del humilde japonés belicoso frente al sagrado Emperador Hirohito. Y algo hay de fascinante en las maneras que una persona usa para aceptar semejante regalo. También tengo unos montones en el piso de mi casa que cedo a los amigos que me visitan. Creo que es el mejor regalo que se puede hacer y una buena manera de deshacerse de los libros. Tengo tan poco dinero que a partir de ahora cada libro que compre será porque lo deseo como a nada más en el mundo. Y así debe ser, supongo, en muchos otros aspectos de la vida. Dice Gabriel Zaid:

"Mi biblioteca está formada de libros que pienso leer. Los libros que ya leí o que ya no leí (después de un tiempo razonable) los regalo. Por eso he tenido muchas bibliotecas, y en realidad ninguna. Tengo una colección cambiante de esperanzas de lectura.
Hay quienes sueñan con tener detrás una biblioteca impresionante, para fotografiarse, para las visitas, para que se defiendan (o peleen) las viudas y los hijos. Hay quienes sueñan con estar de vuelta de haber leído todo, o cuando menos las lecturas obligadas. Más de uno ha fantaseado con algún nuevo método, que permita ponerse los libros sobre la cabeza, para absorberlos por trasmisión directa al cerebro.
Quizá algún día los libros se puedan inyectar. No estaría mal, para volver innatas las tablas de multiplicar, el directorio telefónico, las fechas históricas, los diccionarios, los idiomas, los clásicos, los autores de moda, los trofeos que demuestran que uno ha viajado. Pero yo sueño con viajar.
Mi sueño es desmesurado. Tener todo el tiempo del mundo para leer sin que me interrumpan. Viajar sin fin por la biblioteca de Babel. Perderme entre las selvas de libros y más libros como palmeras, como oleajes, como pájaros. Aventurarme en la maleza de párrafos interminables con garabatos espinosos, el piquete feroz de alguna errata, la resina de tintas olorosas en el guayabo del saber, el rumor atrayente de un argumento que no se sabe a dónde va, que desemboca en la felicidad de una playa inesperada. Alcanzar las sirenas dichosas en lo suyo, que sin embargo cantan para mí. Olvidarme, dejando mi cuidado entre los líquenes indescifrables."

Sábado

sábado, abril 22, 2006
Desayuno café, pan tostado, y fruta (mango y kiwi). Lavo los trastes. Leo las noticias (por lo menos leo los titulares); planeo un día productivo que consiste en leer, lavar el piso, y afeitarme. Como es sábado tiendo a pensar que todo será mejor que el resto de los días, pero nada más asomarme por la ventana sé que no es así. El edificio de oficinas de enfrente no tiene las ventanas abiertas. Estos tipos son una pésima influencia para mi salud. Al despertarme, un martes digamos, veo las ventanas corridas y dentro a tipos con la camisa arremangada que se mueven de un lado a otro dando y recibiendo órdenes. Tengo que ocultarme de ellos. No tienen hora de comida. Ella bajan del edificio y platican, desaparecen media hora y vuelven. Ellos siguen trabajando y a veces (aunque no dejan de hacerlo los domingos) prenden la televisión y miran la televisión por cable. Sé que es televisión por cable porque incluso a la distancia advierto los colores clásicos de la televisión de paga. Cuando ellas vuelven ellos ya están dando y recibiendo órdenes otra vez. Toda la puta tarde. Y no puedo comportarme ociosamente porque sé que me van a ver. Se asoman por la ventana, con sus velludos nudillos en el alféizar y desde su templo me contemplan con una sonrisa comprensiva. Saben que no hay remedio para la juventud. A las siete de la noche encienden las luces y los pisos se iluminan. A las nueve siguen trabajando. Y sólo hasta las diez y media es cuando se dignan apagar las luces y marcharse. Uno de ellos, sin embargo, vuelve más tarde, a las once, y prende la televisión. Es el mismo que va los domingos y recostado en su sillón de cuero ve el cable y el futbol hasta que anochece. Supongo que no le gusta estar en casa y prefiere darse una vuelta por la oficina y ser feliz. Como no tengo oficina suelo desesperarme por pasar un montón de tiempo encerrado. Ya quiero que llegue el lunes para ser el mórbido organizador que soy, con libretas de direcciones y una sonrisa. Son las 9:51.
Si fuera John Cheever me escribiría una historia con este precioso material. Después contaré más detalles. También me gustaría hablar del dentista del segundo piso del edificio. A veces contemplo su sillón de dentista en el que una señora (siempre señoras) se reclina y habla con entusiasmo. Abajo del dentista hay un salón de belleza llamado COIFFURE, en grande letras blancas sobre fondo azul.

Jueves.

miércoles, abril 19, 2006
Jueves. Como es usual el despertador suena a las ocho de la mañana y yo me levanto de un salto para preparar la mesa, revisar el refrigerador y, si es necesario, bajar los cuatro pisos para comprar algo en el Oxxo. Después del desayuno, que es mi obligación, me siento a escanear los periódicos, leo las noticias (los encabezados, en realidad), reviso el mail, abro las ventanas, y me doy un baño. A las diez de la mañan comienza mi batalla diaria por recuperar el orden mental perdido por días y días de ocio descontrolado. Tengo cuatro libro junto a mí: Less Than One, de Joseph Brodsky, un libro de crónicas y ensayos en el que me hundo cada tanto para una bocanada de buena prosa; también tengo A Girl with a Monkey, una recopilación de cuentos Leonard Michaels, del que me había propuesto traducir un cuento llamado Viva la Tropicana, pero he desistido. Guerra y Paz, de Tolstoi, en edición Aguilar, y The Oxford Book of American Short Stories que ayer se me acaba de deshojar. Mierda. En su diaria preparación para ser mejor, Robertina sacude, habla sola y menea los brazos como si viviéramos dentro una Giornata Particolare. Hace calor. Dentro de unos minutos debo ir por dos escritorios, uno que nos han regalado y otro que nos han prestado.
Al volver, lo único que quiero es aprovechar estos últimos días de total libertad y ponerme a leer lo que sea. Luego, cuando den las cinco o las seis, espero sentarme a la mesa para escribir. Este es el mejor intento de hoy.
Notarán que he cambiado mucho quizá porque ya no justifico los textos. Es un gran cambio, me parece.


sábado, julio 23, 2005
OFF THE RECORD
Estoy perdiendo el tiempo aquí. Y mientras tanto tengo a dos niñitas a mi lado que me platican cosas. Cuando les pregunto qué quieren ser de grandes, la más grande me dice que entrenadora de focas. Luego la hermanita se pone a pensar y cuando le toca responder dice que a ella le gustaría ser la foca. Y yo pienso que ésta es la clase de hermandad que uno esperaría ¿no? Pero no siempre es así.

Pequeño, último post.

martes, julio 05, 2005
Después de nueve meses de vida esta bitácora llega a su fin. Hasta donde pude saber, se necesita bastante entusiasmo para mantener algo tan informe y demandante como un blog. Y por el momento no es el caso. Ahora dudo de cada coma, de cada frase, y sé que no hay pizca de sinceridad en lo que intento escribir. Y la sinceridad, para recordármelo a mí mismo, era la intención final de este blog. Cuando no soy sincero o imaginativo lo único que me gano es un dolor de cabeza. Ahora mismo tengo la boca seca y sensación de vaciedad provocados por el sólo hecho de explicar esto. No obstante, me mantengo activo en la otra bitácora y espero que la sigan visitando. Ciao.

Pequeño Post

miércoles, junio 29, 2005
Una de las cosas por las que pasamos en nuestras más recientes vacaciones, fue soportar la ausencia de nombres para hablar de aquello que veíamos. Había ‘árboles’ de flores pequeñas y anaranjadas, abriéndose en una pequeña explosión; ‘árboles’ de racimos colgantes y pequeñas hojas; otros más con cascadas amarillas atrayendo toda la luz de un huerto oscuro. También, si explorábamos un poco más, animales a los cuales dábamos dos o tres nombres antes de saber el correcto. Y cada vez que salgo a la calle no tengo nada de qué enorgullecerme. Lo más palpable, los árboles o las plantas que uno no conoce, están ahí, todo el tiempo. Al preguntar cuál es el nombre de tal o cual planta nadie lo sabe. Por supuesto esta época se enorgullece de tener tantísima información acumulada en el cerebro. Pero en estado salvaje creo que mi vocabulario ha disminuido considerablemente. Ni siquiera sé cómo se llaman las plantas que todos los días veo frente a mi casa. Ahora sé que los racimos amarillos tienen el tierno nombre de Lluvia de oro. Y que las pequeñas explosiones anaranjadas se llaman ocotillos. En Oaxaca, en la Sierra, me gustaba pasar la mano sobre ciertas plantas que se cierran casi tímidamente, las sensitivas. Hoy no sé si podría reconocerlas. De seguro paso sobre ellas con mis tenis de correr. Como repiten todo el tiempo, vivimos en una época materialista –o muy materialista, pues- pero nuestro vocabulario cada vez se vuelve más abstracto; al menos eso es lo que pienso al ir por la calle ignorando olímpicamente casi todo sobre todo, sobre lo más básico. Se culpa a la especialización pero en mi caso no es eso. Simplemente dejaron de interesarme las cosas por las que tanto se interesaba mi familia allá en la sierra, cuando podías ver una cortina de lluvia atacando a los árboles y saber lo que significaba una lluvia tras una larga temporada de sequía. Hoy, casi siempre, la lluvia me fastidia los planes. Entonces me quedo en casa. Alguna vez leí sobre la más inmediata realidad de un amanecer en una pantalla de cine. No recuerdo hacia dónde iba el ensayo o de qué hablaba o a qué escuela pertenecía. Sólo me guardé la imagen de un amanecer sobre una pantalla gigante. Pero esto no tiene nada que ver, me parece. Les apuesto a salir de casa y recordar los nombres de las plantas y los árboles, por lo menos.
***

Pequeño, Pequeño Post

miércoles, junio 22, 2005


A las nueve de la mañana abro los ojos. Medio enfermo, medio hipnotizado todavía por las tranquilas tardes de vacaciones. Por los rostros quemados y tranquilos de la gente. Por el oxígeno. Creo que fundamentalmente mi nostalgia proviene de una falta de oxígeno. Y justo ahora, cuando las ondas televisivas llegan a mi cerebro intermitentemente -como un foco que se prende y apaga en un cuarto vacío-, abro los ojos por entero, y me resigno. Es como abrir los ojos y ser Earl -o Leonard Shelby en Memento-, aquel tipo que no podía recordar nada más allá de los diez minutos. The ten minute man. Abre los ojos y observa una cinta pegada por encima de su cabeza, lo suficientement grande y vistosa como para leerla tan pronto como se abran los ojos.

He lies back and reads the sign taped to the ceiling again. It says, in crude black capitals: THIS IS YOUR ROOM. THIS IS A ROOM IN A HOSPITAL. THIS IS WHERE YOU LIVE NOW.

Algo parecido. Afortunadamente no estoy en un hospital. Pero al abrir los ojos, en vez de una nota -que por otro lado llevo en el cerebro como un pegoste viejo-, veo el techo a punto de caer. El tirol, que era blanco y semejaba una superficie cremosa, interesante, se comba y amenaza con caer entero sobre mis débiles 76 kilogramos de peso. Claro que mi intención de esta mañana no ha sido hablarles del tirol que se comba por toda la habitación, Mala idea. De ser así podría escribirme todo el inventario de los desperfectos, absurdos y complicaciones que sobreviven los años en esta casa. Pero como el hombre de los diez minutos uno se las arregla para olvidar ciertas cosas y ciertos detalles. Yo, por ejemplo, olvido un montón de imperfecciones que me cruzan la cara, hasta la nuca, y luego bajan hasta el culo y los talones. Y no son precisamente mis 76 kilos -pesaba 70-; es algo más. Algo que no se ve tan claramente como estas palabras pero se siente como un traje de buzo alrededor del cuerpo. Como medida protectora me veo recordando otras tantas cosas para mi bien emocional. En dicho caso, también puede uno ser un hombre de los diez minutos, llevando a cuestas nuestro costal de buenas intenciones. Yo, por ejemplo, no dejo en casa mi imagen de chico comprensivo y medio aturdido, que tanto me ayuda, cuando en realidad me la paso berreando y maldiciendo.
Pongo la imagen de la luna sólo para recordarme que hoy, aunque sea un momento, debo mirarla. Ayer la observé sólo de milagro, cuando ya me iba a dormir. Ahora imagínense un pegoste gigantesco y en mayúsculas dejado allá arriba, sobre la luna, de tal manera que al abrir los ojos uno necesariamente tendría que ver cada día, cada momento -cada diez minutos al menos-: ESTE ES TU MUNDO. ESTE ES EL LUGAR DONDE VIVES. JÓDETE, CABRÓN.

Vacaciones

sábado, junio 18, 2005






Pequeño Post



Ahora mismo me estoy acordando del método que John Cheever utilizaba para enseñar a sus alumnos del taller de escritura creativa en la uni de Iowa. El primer paso era llevar durante una semana un diario detallado que registrara todas las experiencias, sueños, tristezas, etc. Luego había que escribir un relato en el que siete lugares o personas -aparentemente sin conexión alguna- resultaran inevitable y profundamente relacionadas. Por último, John Cheever pedía a sus estudiantes escribir una carta de amor como si se la estuviese escribiendo en un edificio en llamas. 'Un ejercicio que nunca falla,' decía.
También recuerdo que por esa época John Cheever era maestro del taller de escritura junto con Raymond Carver. A la gente le agrada leer sobre el método Cheever para aprender a escribir buenos cuentos. La verdad es que se la pasó de borracho codo con codo con Carver. Al final, Cheever fue a una clínica de tratamiento. No así Raymond Carver, que siguió varios años más agarrado de la botella.
En otra ocasión, Cheever fue a la estación para recibir al joven Philip Roth. Dice Cheever: 'No es melindroso, pero aparta la cabeza de un plato de carne como si estuviera ardiendo. Se ha divorciado de una chica que me parecía una delicia. 'Ni siquiera quiere devolverme los patines de hielo'. La conversación gira hacia el tema sexual -polla y cojones, Genet, Rechy- pero sus observaciones me parecen interesantes, sutiles e ingeniosas'.