jueves, abril 05, 2007
The Art Of Fiction
-¿Estudiar qué?
-Eso es lo que quiero saber.
-No hay estudios para lo que quiero hacer.
-No hay estudios. Já! ¿Quién te crees? ¿Un genio?

"Zaid's finest moment, however, comes in his second paragraph, when he says that "the truly cultured are capable of owning thousands of unread books without losing their composure or their desire for more."
Después de nueve meses de vida esta bitácora llega a su fin. Hasta donde pude saber, se necesita bastante entusiasmo para mantener algo tan informe y demandante como un blog. Y por el momento no es el caso. Ahora dudo de cada coma, de cada frase, y sé que no hay pizca de sinceridad en lo que intento escribir. Y la sinceridad, para recordármelo a mí mismo, era la intención final de este blog. Cuando no soy sincero o imaginativo lo único que me gano es un dolor de cabeza. Ahora mismo tengo la boca seca y sensación de vaciedad provocados por el sólo hecho de explicar esto. No obstante, me mantengo activo en la otra bitácora y espero que la sigan visitando. Ciao.
Una de las cosas por las que pasamos en nuestras más recientes vacaciones, fue soportar la ausencia de nombres para hablar de aquello que veíamos. Había ‘árboles’ de flores pequeñas y anaranjadas, abriéndose en una pequeña explosión; ‘árboles’ de racimos colgantes y pequeñas hojas; otros más con cascadas amarillas atrayendo toda la luz de un huerto oscuro. También, si explorábamos un poco más, animales a los cuales dábamos dos o tres nombres antes de saber el correcto. Y cada vez que salgo a la calle no tengo nada de qué enorgullecerme. Lo más palpable, los árboles o las plantas que uno no conoce, están ahí, todo el tiempo. Al preguntar cuál es el nombre de tal o cual planta nadie lo sabe. Por supuesto esta época se enorgullece de tener tantísima información acumulada en el cerebro. Pero en estado salvaje creo que mi vocabulario ha disminuido considerablemente. Ni siquiera sé cómo se llaman las plantas que todos los días veo frente a mi casa. Ahora sé que los racimos amarillos tienen el tierno nombre de Lluvia de oro. Y que las pequeñas explosiones anaranjadas se llaman ocotillos. En Oaxaca, en la Sierra, me gustaba pasar la mano sobre ciertas plantas que se cierran casi tímidamente, las sensitivas. Hoy no sé si podría reconocerlas. De seguro paso sobre ellas con mis tenis de correr. Como repiten todo el tiempo, vivimos en una época materialista –o muy materialista, pues- pero nuestro vocabulario cada vez se vuelve más abstracto; al menos eso es lo que pienso al ir por la calle ignorando olímpicamente casi todo sobre todo, sobre lo más básico. Se culpa a la especialización pero en mi caso no es eso. Simplemente dejaron de interesarme las cosas por las que tanto se interesaba mi familia allá en la sierra, cuando podías ver una cortina de lluvia atacando a los árboles y saber lo que significaba una lluvia tras una larga temporada de sequía. Hoy, casi siempre, la lluvia me fastidia los planes. Entonces me quedo en casa. Alguna vez leí sobre la más inmediata realidad de un amanecer en una pantalla de cine. No recuerdo hacia dónde iba el ensayo o de qué hablaba o a qué escuela pertenecía. Sólo me guardé la imagen de un amanecer sobre una pantalla gigante. Pero esto no tiene nada que ver, me parece. Les apuesto a salir de casa y recordar los nombres de las plantas y los árboles, por lo menos.




