¡¡BASTA YA, MAURICIO!!

Un joven entusiasta opina de la vida sin haber terminado la universidad

La educación sentimental

miércoles, diciembre 29, 2004
Antes del mediodía se desarrolla en casa una alegre discusión sobre los efectos de una buena o mala educación de los niños en su vida adulta. No hay muchas discrepancias. Y mientras me preparo un café escucho las prolongadas tesis de mi madre, deterministas la mayoría, y las docenas de historias que parece guardar bajo la manga y que salen a batallar como hijas de una moralista del siglo XVIII, no obstante que mi madre dista mucho de ser una moralista. Pone como ejemplo la educación que me ha dado y parece satisfecha. Yo pienso que más bien se trató –para mi bien-, de la ausencia de cualquier tipo de educación. Mi madre tenía dieciséis años cuando dio a luz y creo difícil que ella misma haya concluido su propia formación. Así que casi puedo decir que crecí en estado salvaje, un niño entre un montón de niños luchando por sobrevivir. Lo que me dio mi madre fue libertad y confianza. Lo demás lo dejó al favor de dios y creo, muy en el fondo, que no todo salió mal. No odio a mi madre. No me siento capaz de odiarla. Me gusta verla aprender como una niña de primaria y escuchar sus impresiones cuando se pone a ver los programas de Discovery y me pregunta con una confianza ciega si tal cosa puede ser cierta y yo realizo mi mejor esfuerzo para no defraudarla. A veces nos sentamos juntos a ver las noticias y su intuición luce infalible. Hoy está ajetreada por que ha comenzado con los preparativos para el año nuevo. Prometí a un amigo que estaría en su casa para año nuevo pero comienzo a arrepentirme. Creo que voy a estar en casa, junto a mi madre, mis hermanos, aunque sea viendo televisión. Después nadie sabe qué podrá pasar. Ciao.

Domingo, 27

lunes, diciembre 27, 2004
Un domingo de mierda. Sólo por la noche me he puesto a leer La Flecha del tiempo, de Martin Amis, y gracias a un esfuerzo de voluntad me puse a escribir y no ha estado del todo mal. Siete paginitas de un cuento relámpago pseudorealista que espero terminar pronto porque tengo cosas más importantes que hacer. No obstante me quita la culpa de no haber escrito los último stres días. Como fue un día libre de compromisos sociales me he dado una vuelta por la casa de Daniel Espartaco (tengo llaves) para revisar sus libreros y ver si me puedo robar algo que no vaya a extrañar. Desafortunadamente los libros que más me atraen son los más visibles y a estas alturas no es posible fingir un robo, porque entonces debería desaparecer la televisión o el micro y no el segundo tomo de Mommsen o las primeras ediciones (sin camisa) de John Cheever. Lástima. Por la tarde me duele la cabeza. Ahora me duele el cuello. Hace un momento leí la carta de Javier G. Cozzolino al Gran Editor Sudaca y aprovecho la palestra para mandarle buenas vibras. Por último, es difícil creer que alguien se interesa por esto.

Historia de un cuento (2)

jueves, diciembre 23, 2004
Creo que Montaigne apreciaría el estoicismo con que cada tarde (tres a cinco) me preparo un café instantáneo, sin ninguna certeza, sin ningún prejuicio, sólo como el hombre que ha decidido hacer algo, algo nimio como prepararse un café. Instantáneo. Trabajo en Entierro. Y lo primero que noto en esta sesión es que escritores como Malamud me han influenciado de mala manera. ¡Mierda! Nadie me mandó leer esos cuentos de groschen y bar mitzvah. Creo que tanto Malamud como algunos entre sus actuales discípulos son demasiado esquemáticos, y sus historias fluyen en consonancia con un solo motivo y unas cuantas imágenes colocadas estratégicamente a lo largo del relato. Debo zafarme a eso. Pero faltan elementos. Ahora trabajo la situación del ataúd. Es un ataúd que dos hombres llevaron desde la ciudad y hay que pagar. Creo que todo esto es una típica influencia de los problemas domésticos de los judíos sólo que trasladado a otro escenario. Me cansa. No hay un respiro largo y abundante sino frases cortas, situaciones cortas, suposiciones baratas. Lo único que me salva es que conozco el final. Sé hacia dónde va todo pero eso hace más difícil intentar rellenar estúpidamente las dos primeras partes. Por lo pronto hoy en trabajado en ciertos detalles de organización. Y he eliminado un par de párrafos que no añadían absolutamente nada. Creo que la mirada del niño debe reforzarse pero no de la manera simplista como lo estoy haciendo: Me acerqué a mirar el interior del ataúd y toqué con las puntas de los dedos el raso plateado. Supuse que la tía Sonia estaría muy bien ahí, sus cabellos blancos confundidos con el color plata de la tela. La bombilla palideció intermitentemente. Mamá se había colocado un rebozo sobre los hombros y se preparaba para salir. Un poco ñoño todo esto, casi aburrido. Espero que el cuento completo logre superarlo. Lo único que me consuela en no haber caído, aún, en trucos baratos, en apariciones espectrales o en la inserción abrupta de una tercera dimensión. Hoy 600 palabras. Y espero avanzar otras 100. Hoy por la noche sopa, té, cerveza belga. Y antes de dormir un cuento de Ian McEwan, bueno, pero nada del otro mundo.
Lo mejor del día ha sido esto:

Historia de un cuento, por Mauricio Salvador, autor puñetero (1)

miércoles, diciembre 22, 2004
Trabajo en Entierro, un cuento que tendrá aproximadamente 20 páginas y que seguramente no ayudará en nada a mejorar mi actual nivel de vida. No me darán becas, no me publicarán en ningún lado, nadie se interesará por él. Sólo yo. Pero cada mañana (al menos cada mañana que abro el archivo) me siento bien cuando logro articular una frase coherente. Digamos una frase en la que no abunden los pasados perfectos y la acción corra tranquila y sosegadamente, tal y como corren nuestras acciones, tal y como ahora escribo y escucho música y al mismo tiempo pongo atención a lo que sucede a mi alrededor, niñas de cuatro años viendo películas en dvd, mi madre torturando la licuadora, el sonido del mundo entrando por esta ventana, y todo al mismo tiempo, coherente y dinámico. Eso es lo que me falla actualmente, esa falta de ritmo. Sé que se debe a la falta de disciplina pero qué se le va a hacer. Comenzaré esta historia por nombrar mis últimas influencias: Cheever, su mirada exacta, su fluidez, Bellow, el realismo decantado, su actitud devoradora y al mismo tiempo su sencillez, Oates, su maestría y su capacidad para ver el lado oscuro y al mismo tiempo realista de las situaciones humanas. Creo que es todo, básicamente. No me sorprende que no haya ningún latinoamericano ni ningún mexicano. En materia de cuento estamos jodidos y sé que seguiré el mismo camino, la jodidez. Y no me vengan con que Borges o Cortázar o Rulfo o Arreola, que sólo me dan náuseas.
Entierro tiene un tema, la muerte. Pero el tema no es así de explícito. Simplemente un familiar muere y hay que enterrarlo. EN noviembre de 1986 viajamos a Oaxaca para enterrar a la tía Sonia. Eso es lo básico, la línea básica. Por eso se titula Entierro. Lo que me interesó desde un principio fue la mirada de un niño hacia el suceso, lo que parecerá una obviedad pero que hay que trabajar bien. Y cerca de la casa crecía una hilera de pequeñas plantas que se encogieron al acercarnos. “Mamá ¿viste eso?” “¿Qué?” “Las plantas”. Ya antes lo he hecho (¡comienzo a repetirme y sólo tengo 25 años!) en un cuento que se llama El hombre que salió de casa para conocer el miedo, donde una niña asiste al funeral de un viejo amigo de sus abuelos, un hombre muy pobre que yace bajo bloques de hielo, que por cierto me recuerda que en Entierro sucede lo mismo. Bien, me interesa de entrada la mirada del niño. Y me interesa, claro, el rol de los padres. Y lo primero era encontrar el tono que diera pie a las reacciones ingenuas del niño y al mismo tiempo me permitiera lidiar con los padres y el resto de los personajes, la misma tía Sonia (la muerta), el tío Roberto (alcohólico bebedor de aguardiente: escupe sangre) y el pueblo. El tono, por supuesto, intenta ser realista. Hasta ahora descubro las primeras cinco páginas, la primera parte, el contraste entre estos visitantes de la ciudad y el pueblo remoto en Oaxaca, y una primera señal que apunta hacia el final pero que permanece camuflada bajo todo el espectro del entierro y los preparativos, algo en lo que no he hecho mucho énfasis, la verdad. “¿Te gusta el pueblo?”me preguntó papá. “Sí” dije, “aunque es extraño.” “Exacto” dijo: “extraño. Esa es la palabra.” Creo que comienza a tomar forma.


Joyce Carol Oates
Mauricio Salvador

Su última historia: El niño araña
En inglés: The spider boy

Martes

martes, diciembre 21, 2004
Martes, un puñado de buenas intenciones. A medida que avance el día sé que se irá desmigajando. Mientras aprovecharé el momento. Me prometo solemnemente trabajar duro. Olvidarme de los pequeños desperfectos. Afortunadamente el sol brilla. Así que hoy preveo mejores cosas que escribir un post.

Brrr

Y encima cierta inconformidad de llevar esta vida tan desorientada y sin rumbo. Hoy por la tarde me fui caminando por Cuauhtémoc y me topé de frente con la estatua del maravilloso Pushkin. Luego vi a un grupo de hombres jugando frontón con la típica camaradería de los hombres, la virilidad. A veces las mujeres subestiman la intuición de un hombre y echan por los suelos eso que llamamos amistad masculina. Les gusta resolver los problemas conversando, aferrándose a un racionalismo que nunca nos ha garantizado nada, que sólo nos ha llenado de teorías sucias la cabeza. Sí, tampoco nosotros las comprendemos. No sabemos cuándo responder; lo hacemos cuando no estamos preparados y lo olvidamos cuando tenemos la posibilidad al alcance de la mano. Pero es que una respuesta pavloviana. Quiero creer que hacia el final de mi vida no voy a estar discutiendo los problemas domésticos al lado de una mujer concienzuda y organizada. No querría que me discutieran porque olvidé comprar el queso o el jamón o porque se me olvidó comprar un regalo de cumpleaños. Quizá es mi destino. Dios. En cambio me gustaría ser un tipo descuidado de su cuerpo y de su mente, tal y como lo soy ahora, este sobrepeso que le va tan mal a un tipo de mi complexión, la postura que todos me critican, la piel descuidada, este terrible aspecto de cada mañana, el cabello sin forma, los brazos delgados, la ineficacia, mi fatal sentido de la orientación, la veleidad de mis aspiraciones y mis esfuerzos, el cariño estúpido por una mujer que está ya muy lejos de mí y que quizá nunca estuvo cerca, la ineficacia con que quiero a quienes de verdad me estiman. Y al final sé que la comprensión no está del lado del que se esperaría. Quizá deba mirar hacia el lado oscuro de todo esto, los hombres angustiados por una frase, por un párrafo, los hombres que un día dejarán todo atrás por un sueño que no les dejará nada sino miseria y angustia. Alguien va a leer esto y va a tronar la boca con escepticismo; no me preocupa. Estoy escribiendo para unos pocos ilusos como yo. Los pobres ilusos a quienes les podría mostrar mi miseria sin sentirme humillado, a quienes les podría pedir un tabaco o diez pesos para volver a casa un día estúpido en que los bolsillos se me fueron en cualquier cosa, frente a quienes mis sueños no suenan a irrealidad ni mis críticas a acerbidad, a quienes podría decirles que me siento mal y deprimido sin recibir consejos de ninguna clase. Parecerá que esto es un arranque o una retórica barata, no lo es. De hecho estoy bastante tranquilo, me he preparado un café (aunque me he sentido muy triste de pronto) y he puesto un disco que me gusta mucho. No, no es un arranque. Sólo un poco de la sinceridad que tanto escatimo a la hora de escribir. Después de esto es hora de ponerme a trabajar.

Lunes

Un fin de semana generoso y con él el confort de saber que por instantes uno es capaz de disfrutar de pequeños momentos y ondear libremente como una sábana al sol, sin pena ni gloria, transcurriendo. Hoy el día fue de una luz extraña; podías contemplar los edificios a lo lejos y sin embargo permanecía una cortina amarilla al fondo, como una mal pensada escenografía. Luego los pequeños desperfectos, un sentimiento de provisionalidad y un sentimiento de culpa por no escribir. Son las once de la noche. Después de ponerme al tanto con las noticias decido que me siento triste (es algo que se formó de pronto) y sin embargo con muchas ganas de escribir. Mi madre y mis hermanas miran la televisión. Mi hermano tose, tose como si los pulmones le fueran a estallar de un momento a otro. Después de no verlo en un par de días lo encuentro bello y frágil. De pequeños recuerdo que debía sacudir muy bien el cuarto donde dormíamos a causa de su asma. Por las noches me despertaba un rumor, el árbol de sus pulmones agitándose, sus ojos fijos mirando el techo, sus ojos llorosos. Mi madre sufría por ello, por contemplar sus labios morados, por mirarlo tan sencillo y frágil. No obstante descubro en él cierta capacidad para el sacrificio, una mirada limpia que nos ahorra malestares a los demás callándose los suyos. Eso, que yo tuve un tiempo (y que lo digo sin asomo de orgullo ni vanidad), proviene de los primeros años en que mi madre trabajó para alimentarnos y para cubrir la falta de un padre. Si algo nos inculcó creo que fue cierto estoicismo y cierta capacidad para sobreponernos a las más vulgares experiencias. En un sentido superficial somos muy diferentes, con aspiraciones distintitas y con una manera de satisfacer nuestras necesidades que no se acerca para nada, pero en un sentido esencial sigue siendo mi hermano, el muchacho frágil al que tuve que defender y el chico sencillo que muchas veces se sacrificó por mí para que yo no me sintiera mal. Eso lo valoro ahora que tengo una tristeza provisional y ahora que hemos intercambiado unas palabras y hemos sentido tranquilidad al escuchar nuestras voces tranquilas. Si algo tenemos en común, pienso, es que siempre buscamos la reconciliación, quizá porque somos débiles o porque nos queremos demasiado. Al final me siento bien y muy bien por no temer más al ridículo de las frases, a la aparente cursilería que nace de decirle a alguien que lo quieres. Ojalá nunca me encuentre hablando como esos adolescentes ofensivos, ojalá y siempre haya cursilería dentro de toda esta estupidez.





lunes, diciembre 20, 2004
  • Entrevista con Ignacio Echavarría
  • Ramiro is back...5000

    jueves, diciembre 16, 2004
    ¿Recuerdan a Ramiro? Sí, Ramiro, el gordo nocturno y ufólogo, la masa viviente que rondó por este blog hace unos meses provocándome urticaria y dolores de cabeza. Cuando parecía que todo había quedado atrás, cuando la vida me hacía ver que ya nunca lo volvería a ver (terminamos muy mal, una lucha en lodo en la que salió vencedora Rosita, esa perra), pues un día, bien entrada la tarde (de estos días fríos y ásperos) recibí una llamada de su parte.
    -Mauriki, lo sé –me dijo, y reconocí su voz temblorosa, iracunda.
    -¿Ramiro?
    -Lo sé, Mauriki. No finjas.
    -Oh, dios, Ramiro. ¿De qué estás hablando?
    -Sé que tus patrocinadores han convocado a una nueva celebración -¡mierda! Era cierto. Para ser sincero, la consecuencia a que me condujeron aquellos eventos (la mala imagen que di despreciando a esa pareja insulsa y geek) fue la anulación de mi patrocinio por parte de Los Sureños, ese equipo de marras, de quinta, llanero. Y estuvo bien, la verdad, porque eso de usar la casaca de los Sureños tres veces a la semana había dejado mi sex appeal por los suelos. Ya se sabe cómo son de frívolas las mujeres. Además la franquicia de Burguer King también había cancelado mi contrato de patrocinio cuando supo que una vez me fui al Mac Donalds a embucharme tres asquerosas hamburguesas. De paso le digo aquí al gerente que no acostumbro llevar martillos en el bolsillo. Ni navajas. Ni canicas. Así que un buen día me quedé sin patrocinadores. ¡BASTA YA, MAURICIO! se hundió en el anonimato de la blogósfera justamente como lo que es, un blog de marras, de quinta, llanero.
    Así que ¿cómo podía Ramiro llamar y hacer semejante declaración? Ni siquiera Condones Persas quería seguir patrocinándome: después de aquel suceso con los gatos siameses no les critico la decisión.
    Bien, la verdad es esta. Desde hace un mes los amigos de la Refaccionaria Don Pepe tuvieron a bien llamarme y ofrecerme un generoso patrocinio. Me sentía tan deprimido que no tardé en aceptar. Ahora visto la casaca de Don Pepe, esa refaccionaria de marras, de quinta, llanera. Y visto que la visita número 5000 se acerca ofrecieron donar un juego de llaves inglesas para el afortunado visitante. ¿Cómo se enteró Ramiro? no lo sé. Pero ya que me ha hablado y me ha obligado a hacer público este ofrecimiento (de paso anuncio que también invitaré una hamburguesa al afortunado que escriba el comentario número 2000 –ánimo-) creo que es viable dejar posteado el gran anuncio de la visita número 5000.
    Ah, ¿y qué sucedió con Ramiro después de la llamada? Bueno, ese es asunto de otro post.
    Aunque para qué esperar. Resulta que Rosita y Ramiro me visitaron esa misma noche. Yo estaba jugando play uno, el need for speed. Y también miraba la televisión. Y sí, hablaba por teléfono, cuando Rosita comenzó a gritar como la gata ninfómana que es.
    -Mauriki –gritaba-, ¡hemos avistado un ovni! ¡Tienes que darte prisa!
    Esta vez no me engañarán, pensé. Ha funcionado una vez pero soy demasiado listo como para que me engañen dos veces con la misma mierda. Digo yo, ¿por qué jugar de esa manera con las debilidades de un hombre? ¡Por qué? Eso no se hace. Y menos con los ovnis, ese fenómeno bello que tanta felicidad me ha dado. Luego Ramiro comenzó a gritar.
    -Mauriki, me conoces. Yo nunca bromeo. Hay un jodido ovni justo encima de un árbol. Y lo estoy viendo en estos momentos. ¿Sería? Pese a todo debo decir que la confianza en mi fan número uno no había sufrido mengua. Fui a la puerta, los contemplé por la mirilla y… ya no estaban. Abrí la puerta. Después se hizo la oscuridad. Y cuando menos lo esperaba escuché la filosa risa de Rosita, la perra. Y cómo una puerta de auto se cerraba de golpe.
    -Mauriki, lo siento. Me has obligado.
    Eso es lo que pasa. Eso es lo que pasa cuando un hombre bueno como yo se sumerge en las heladas aguas del deseo…


    Otros post de Ramiro: aquí

    ¡!

    martes, diciembre 14, 2004
    Carta abierta de Ignacio Echevarría

    Domingo

    lunes, diciembre 13, 2004
    Ayer por la madrugada un repiqueteo de cohetes y un concierto de alarmas de auto que no me dejaron dormir más que dos o tres horas. Hoy (domingo, tres de la madrugada), una efusión pasajera propia de personalidades débiles, que después de haber malgastado la semana pretenden leer todo, escribir todo y hacer todo en unas horas. Para contrarrestar el sentimiento me he pasado dos horas viendo una película porno soft y mis sentidos se han visto fuertemente ofendidos por una criada de caderas huesudas y pezones del tamaño de un higo. Luego viene la irremediable impostura y mi optimista templanza frente a la hoja blanca del editor. Lo que junto (quiero decir, la peli, la hoja, la efusión, etc) me lleva a preguntar si esta repentina necesidad de comenzar la semana justo un domingo por la madrugada no será el reflejo de la culpa acumulada por el pobre empeño. Lo que sí es evidente es que mi prosa fluctúa, se vuelve pesada.
    Aprovecho para soltar unos cuantos mierdas. Son las cuatro y quince. La madrugada es tibia. Un grillo se ha colado a la casa. Unos años atrás recuerdo que era posible oler el eucaliptus desde la habitación donde estoy. También podía ver un roble de verdad redondo cada vez que volvía de la primaria. Si saliera a la calle hoy no encontraría nada de ello. Está bien. Es hora de dormir. Al final descubro que las efusiones no son sino eso y que ni todas las efusiones del mundo van a poder retribuirme por el tiempo mal empleado. Sí, frases baratas, trucos baratos. Buenas noches.


    Pequeño Post

    miércoles, diciembre 08, 2004
    Cuando era niño mi madre trabajaba en un restaurante cercano a casa. Vivíamos a tres o cuatro cuadras de la Plaza México. Vivíamos en un edificio pequeño, de unos cuantos departamentos, con una amiga de mamá que tenía tres hijos. Los domingos por la mañana las calles se tapizaban de autos y los muchachos del lugar bajaban con un trapo rojo a desempeñarse como franeleros. Yo tenía como cuatro años. No sabía para qué servía un trapo rojo. Pero sé que me sorprendía ver tantos autos. Un día también bajé con mi trapo rojo. Me paré por ahí, agitándolo como si nada. Era cuando de verdad podías ver bandadas de pájaros sobrevolar los edificios y los árboles. Cuando jugabas pacman como desesperado. Un auto ocupó un lugar justo frente al sitio donde me encontraba yo con mi pañuelo rojo. Me parece que mansamente comprendí que todo aquel alboroto de trapos rojos tenía que ver de alguna manera con el problema de los autos. Después la ventanilla del conductor comenzó a bajar y al final una mano asomó ofreciéndome una moneda de diez pesos. Me estiré todo lo que pude para alcanzarla. Todavía recuerdo con ternura aquella escena y aquella mano amigable. Estuvo bien. Mis primeros diez pesos. Mi primer empleo.


    Norte

    martes, diciembre 07, 2004
    Justo ahora hago una pausa. Entre todas las cosas posible que un hombre puede hacer en este mundo he escogido el de ponerme a escribir un cuento que llevará por título Cumpleaños. Tiene una trama muy sencilla pero no sabría reproducirla en una frase ahora mismo porque siempre me he sentido algo incapaz para el pensamiento, digamos, de tipo sintético. No es que no pueda razonar dignamente sino que me toma el doble de tiempo. Me he detenido justo cuando los habitantes de este cuento se han quedado sin teléfono, sin luz y casi sin comida. Vendrá una escena que me gusta particularmente y después no sé, el limbo, un tupido velo que correré frente a mis ojos cuando la imaginación o la inercia me hayan abandonado. Quizá en un arranque de optimismo abra otros archivos y me ponga a leer y tal vez corrija una coma aquí y otra allá y disperse mi cerebro en media docena de direcciones. Que casi nunca funciona. Sé de personas que lo hacen bien de esta manera, trabajando con un montón de cosas al mismo tiempo. Creo que los que han trabajado una temporada en una oficina desarrollan esta cualidad. Lo que me sucede es que por una de esas cosas de la vida una disfunción mía se transplanta a los escenarios donde usualmente me desenvuelvo. Conservo la rara cualidad de creer que el Norte se encuentra justo a mi frente. Así que cuando voy caminando hacia el sur lo que sucede es que mi cerebro me jura y me perjura (nunca he entendido esta frase) que voy hacia el norte. Puede parecer algo simple pero causa muchos problemas. Entre otros, una capacidad para llegar tarde a todos lados (y entre otros más exclusivos, una facilidad para perderme irremediablemente en los escenarios de los videojuegos). A la mayoría de las chicas esto les molesta. A otras no y es regularmente con estas últimas con las que mejor la paso. No obstante este problema siento confianza al advertir que mi ciega convicción y mi convencimiento de ir en la dirección correcta no ha sufrido ningún golpe digno de cuidado. El desengaño, al principio, es molesto. Después se desarrolla la capacidad de administrar estos malos momentos, de ver con nuevos ojos los lugares que has visto mil y una veces y de no tomarte tan en serio esto de perderte todo el tiempo y de no saber dónde esta el norte y el sur, por no hablar del resto de las coordenadas.
    No creo que tenga nada de malo. He got to his feet and picked up his hat from the ground where it had fallen and walked home.

    (...)

    sábado, diciembre 04, 2004
    Me baño, desayuno y acepto que además de mis actividades rutinarias y aburridas no tengo nada sobre qué opinar. Eso o quizá sucede que las proporciones de este blog comienzan a perderse y la presión que siento por decir “algo” sólo es una cuestión estúpida y maniática. Así que voy a relajarme. Voy a observar la realidad fijamente lo mismo que se hace con uno de esos pequeños pósters en los que terminas viendo una figura en tercera dimensión y totalmente inesperada. En cuanto den las once me voy a mi clase de baile. Sí, tengo una clase de baile. Ya sé que los chicos rudos no bailan pero sinceramente nunca he sido un chico rudo. No me interesa. Después tendré que atenerme a la inercia del día y esperar que lo que venga sea bueno. Me pongo en estos momentos mis desgastados jeans, mi camisa reciclada. Me pongo un poco de crema. Me gustaría soltar unos pocos mierdas pero no sé a santo de qué lo haría. Así que mejor me pongo en camino. Dejo las palabras para otro momento. Como me digo a cada momento (la autocrítica, esa PFP que todos llevamos dentro), ya basta, Mauricio. Luego salgo a la realidad… where kings in golden suits ride elephants over the mountains.

    Jueves

    jueves, diciembre 02, 2004
    Todo pinta para una mañana feliz. El día soleado, la ausencia de dolor. Uno querría bendecir la farmacopea sino fuera por lo que se dice entre bastidores. Me agito, tomo una taza de café y pienso que no he dormido del todo bien. El sueño como recurso literario ya no convence a nadie, y es lo que me digo mientras intento recordar las imágenes obtusas de esta madrugada. Soñé no ya con aviones cayendo en picada, sino en personas que ya no están más junto a mí (o no están como solían estarlo) pero cuyo aroma sigo entreviendo en sueños. Esta sinestesia quimérica me afecta. Me lleva a pensar en una edad dorada en que mi relación con los otros no había alcanzado el grado vicioso y hostil que hoy veo a mi alrededor. De alguna manera con los años uno se va preparando para estas cosas. De niño siempre sentía lástima porque los adultos no fueran capaces de hacer las paces tierna y civilizadamente. Lo que no me impedía desearle la muerte a más de uno.
    Escucho un poco de Piazzola. Cuando tecleo ‘Piazzola’ el corrector de word me corrige y propone: ‘Piáosla’; no sé qué signifique, pero suena bien. ¡Hey, todos ustedes, piáosla de una buena vez!

    Escritor wireless

    miércoles, diciembre 01, 2004
    Nadie duda de que esta sociedad es una sociedad fluida, cambiante, decimos, frenética también, incluso un poco menos frenética que sociedades de otras épocas, pero sí enorgullecida de su frenetismo. Cuando cada mañana debo ocupar media hora para echar a andar mis funciones básicas, me pregunto si no estaré equivocado de época; la delirante sed de velocidad. Sí, es una sociedad fluida. Y muchos, como en otras épocas, entre nosotros pensemos en los estridentistas, se han preguntado si sociedades diversas y cambiantes necesitan también elementos artísticos cambiantes y fluidos. La simple inercia ha hecho que este puente entre el pasado y el presente siglo haya producido cosas inimaginables, tanto en cantidad como en calidad. No hizo falta que nadie estimulara tantas jóvenes cabezas. La inercia, la magnificencia de los nuevos métodos, hizo sólo el trabajo. Lo que me llama la atención de la literatura es la pregunta misma, la pregunta de su incumbencia como tal en una época que no se ha molestado en preguntar a ningún otro arte qué debería hacer o cómo lo debería hacer. Por el otro lado tampoco es tan raro porque la literatura es el arte que más constantemente se cuestiona a sí mismo. La novela lleva una carga histórica y mediática tan grande a sus espaldas que mal haría si no se preguntara cada tanto cómo va la cosa. Hace años, con la aparición de su libro de historias cortas, Saúl Bellow escribió un bello postfacio, una herencia intelectual para los escritores. Entre una inmensidad de atracciones –guerras, noticias escalofriantes, programas de televisión, películas, etc, etc etc- no es posible que el escritor los considere como rivales. Sería absurdo. Y cuando Jeff Noon nos habla de una nueva manera de contar (el hipogrifo de la literatura), parece que se ha tomado muy literalmente esta enemistad entre las posibilidades a que nos ha llevado la vida moderna y las posibilidades de la literatura. No creo que porque los Dj’s puedan samplear signifique que la literatura deba sentirse horrorizada por no tener algo semejante a la mano. Nuestro mundo de cables, de múltiples facilidades para conseguir información –la sociedad fluida- no es al fin y al cabo más sincera ni mejor que cualquier otra sociedad que haya habido en el mundo. Nadie, si es sincero, nos puede asegurar que esta red de conexiones espectrales y magníficas está dotando de calidad nuestras vidas. Lo que sí es cierto, es que están produciendo estados mentales y actitudes frente a la existencia, tal y como dijo Bellow, y son estos estados y estas actitudes las que el escritor debe tomar en cuenta, y no precisamente preocuparse porque es encabronadamente difícil reproducir en palabras una escena de The matrix . Un escritor no lo hace porque precisamente un artista cinematográfico lo hace mejor. Y cuando Jeff Noon se pregunta si una sociedad fluida necesita maneras fluidas de contar, estoy de acuerdo. Pero esa manera de contar será fluida cuando entre en consonancia con las crisis de la gente en este tiempo, o con sus sueños o con sus perspectivas. Me gustaría tener en mis manos un libro explorador como los que propone Noon y saber que los escritores no han descuidado de ninguna manera su atención en esas crisis y estados de mente a cambio de usos meramente formales. Si Noon o cualquier otro escritor lo logra creo que me dará una grata satisfacción como lector, pero no quisiera ver solamente los efectos especiales. Nada de eso.
    No obstante, al final es grato saber que los impulsos continúan. Quizá las técnicas novelísticas se coloquen una nueva máscara pero el escritor seguirá siendo wireless, porque no se necesitan cables para lograr lo más esencial, la comunicación de dos hombres a través de la palabra.