¡¡BASTA YA, MAURICIO!!

Un joven entusiasta opina de la vida sin haber terminado la universidad

Libros



Siempre me han gustado los libros. Me gusta tocarlos, analizarlos, leer una y otra vez las páginas legales, acariciar los lomos, verlos en el librero, restaurarlos, comprarlos, atesorarlos. En pocas palabras me considero un hombre de libros aunque de muy pocas lecturas. La pretensión de que podría leer todos esos libros -con todos me refiero sólo a la pequeñez de mis libreros- ha terminado. También la intención de seguir acumulando por acumular, que era lo que solía hacer, comprando libros sobre esto y aquello, hasta que dejé de tener dinero. Tuve que leer una columna de Nick Hornby ("Some Stuff I've Been Reading")" en la revista The Believer, para leer lo que dijo Gabriel Zaid en Los demasiados libros:

"Zaid's finest moment, however, comes in his second paragraph, when he says that "the truly cultured are capable of owning thousands of unread books without losing their composure or their desire for more."

That's me! And you, probably! That's us! "Thousands of unread books"! "Truly cultured"!"

El deseo por comprar libros, sin embargo, sigue su curso y todos los días paso media hora navegando por amazon.com soñando con los libros que me gustaría poseer y, si se da el caso, leer. Tengo listas en mi computadora de todos los libros que quiero comprar. La diferencia es que esos libros los deseo con toda el alma y no son producto de una coyuntura. Excepto por Everyman, de Philip Roth, no me interesan mucho las novedades y en ese sentido me considero fuera de onda. Por eso es que siempre hablo de lo mismo. Y los últimos meses -y con excepción de Guerra y Paz que decidí leer- he leído las misma cosas una y otra vez. Tengo montones de libros de literatura latinoamericana y he decidido -pese al precio que deba pagar- que no los voy a leer. No me interesan, o me interesan muy pocos. He decidido quedarme con tres libreros de libros que he leído y que me gustan mucho. El resto los he ido regalando en el transcurso de las dos últimas semanas en cajas bien selladas, a tope, a personas que sé no son muy afectas a la lectura. Su reacción es la del humilde japonés belicoso frente al sagrado Emperador Hirohito. Y algo hay de fascinante en las maneras que una persona usa para aceptar semejante regalo. También tengo unos montones en el piso de mi casa que cedo a los amigos que me visitan. Creo que es el mejor regalo que se puede hacer y una buena manera de deshacerse de los libros. Tengo tan poco dinero que a partir de ahora cada libro que compre será porque lo deseo como a nada más en el mundo. Y así debe ser, supongo, en muchos otros aspectos de la vida. Dice Gabriel Zaid:

"Mi biblioteca está formada de libros que pienso leer. Los libros que ya leí o que ya no leí (después de un tiempo razonable) los regalo. Por eso he tenido muchas bibliotecas, y en realidad ninguna. Tengo una colección cambiante de esperanzas de lectura.
Hay quienes sueñan con tener detrás una biblioteca impresionante, para fotografiarse, para las visitas, para que se defiendan (o peleen) las viudas y los hijos. Hay quienes sueñan con estar de vuelta de haber leído todo, o cuando menos las lecturas obligadas. Más de uno ha fantaseado con algún nuevo método, que permita ponerse los libros sobre la cabeza, para absorberlos por trasmisión directa al cerebro.
Quizá algún día los libros se puedan inyectar. No estaría mal, para volver innatas las tablas de multiplicar, el directorio telefónico, las fechas históricas, los diccionarios, los idiomas, los clásicos, los autores de moda, los trofeos que demuestran que uno ha viajado. Pero yo sueño con viajar.
Mi sueño es desmesurado. Tener todo el tiempo del mundo para leer sin que me interrumpan. Viajar sin fin por la biblioteca de Babel. Perderme entre las selvas de libros y más libros como palmeras, como oleajes, como pájaros. Aventurarme en la maleza de párrafos interminables con garabatos espinosos, el piquete feroz de alguna errata, la resina de tintas olorosas en el guayabo del saber, el rumor atrayente de un argumento que no se sabe a dónde va, que desemboca en la felicidad de una playa inesperada. Alcanzar las sirenas dichosas en lo suyo, que sin embargo cantan para mí. Olvidarme, dejando mi cuidado entre los líquenes indescifrables."

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