Los maricas toman levofloxacino
Para Hermanocerdo, la revista de los campeones, me puse a escribir algo llamado "Los últimos días de la poesía". Además de eso he tenido que aguantar una semana de antibióticos, Levofloxacino principalmente, un antibiótico de amplio espectro dice mi doctor, a fin de erradicar la salmonella, el tifo y la brusella, mis enemigos. El puente aéreo funciona, al parecer, y cada tarde mando un fuerte cargamento de lactobacilos además de lanzar por paracídas a los equipos especiales de pramigel.
Dejo aquí los primeros párrafos de mi crónica, que no son tan buenos, pero que intentaré mejorar esta tarde de sábado, con un vaso de leche, galletas macma en abundancia y un disco bien extraño llamado Spillane, de John Zorn.
LOS ÚLTIMOS DÍAS DE LA POESÍA
Un día, de repente, me asaltó la necesidad espiritual de convertirme en poeta. No sabía nada al respecto; no era un gran lector ni había estrechado nunca la mano de un poeta verdadero; quiero decir un poeta de carne y hueso que cada tarde escribiría poemas inmortales, tal y como yo pensaba hacer. Sentía que un mundo insospechado se abría paso a través de las palabras y que sólo me restaba esperar a que los lectores y el mundo evolucionaran y se dieran de frente con mis libros.
¿Cómo iban a ser esos libros, de qué iban a tratar, o cuándo los iba a escribir? eran preguntas que nunca me hice. Y sin embargo, los títulos de mis poemas me encantaban: “El Marciano y la Sombra”, “Los Héroes No Volverán Más”, etcétera, y me proporcionaban una suerte de confianza ciega para bogar por el mar algo embravecido de la poesía, un mare oscuro del que pocos pueden salir librados.
Quiero decir que no me importaba leer nada ni saber nada excepto sobre ellos mismos, mis poemas. Por supuesto estaba al tanto de que una docena de grandes maestros me predecía. En mis ensoñaciones los veía como una docena de globos flotando a través del éter, en alturas que yo mismo deseaba alcanzar y en las que una vez arriba deseaba explotar y dejar que mi halo los envolviera a todos, absolutamente a todos. Pretender que la gente comprenda un impulso de esta naturaleza es ser muy ingenuo. Incluso mi madre, cuya mayor preocupación consistía en averiguar lo que podría estar haciendo en mi habitación, bien atrincherado y rodeado de papeles, tenía que soportar la ambigüedad de mi conducta. Y no podía mostrarle nada de lo que hacía por el simple hecho de que no lo entendería. Al decirle que quería escribir ella entrecerraba los ojos y una sombra de escepticismo le cubría la cara:
Dejo aquí los primeros párrafos de mi crónica, que no son tan buenos, pero que intentaré mejorar esta tarde de sábado, con un vaso de leche, galletas macma en abundancia y un disco bien extraño llamado Spillane, de John Zorn.
___
LOS ÚLTIMOS DÍAS DE LA POESÍA
¿Cómo iban a ser esos libros, de qué iban a tratar, o cuándo los iba a escribir? eran preguntas que nunca me hice. Y sin embargo, los títulos de mis poemas me encantaban: “El Marciano y la Sombra”, “Los Héroes No Volverán Más”, etcétera, y me proporcionaban una suerte de confianza ciega para bogar por el mar algo embravecido de la poesía, un mare oscuro del que pocos pueden salir librados.
Quiero decir que no me importaba leer nada ni saber nada excepto sobre ellos mismos, mis poemas. Por supuesto estaba al tanto de que una docena de grandes maestros me predecía. En mis ensoñaciones los veía como una docena de globos flotando a través del éter, en alturas que yo mismo deseaba alcanzar y en las que una vez arriba deseaba explotar y dejar que mi halo los envolviera a todos, absolutamente a todos. Pretender que la gente comprenda un impulso de esta naturaleza es ser muy ingenuo. Incluso mi madre, cuya mayor preocupación consistía en averiguar lo que podría estar haciendo en mi habitación, bien atrincherado y rodeado de papeles, tenía que soportar la ambigüedad de mi conducta. Y no podía mostrarle nada de lo que hacía por el simple hecho de que no lo entendería. Al decirle que quería escribir ella entrecerraba los ojos y una sombra de escepticismo le cubría la cara:
-¿Estudiar qué?
-Eso es lo que quiero saber.
-No hay estudios para lo que quiero hacer.
-No hay estudios. Já! ¿Quién te crees? ¿Un genio?